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Autoayuda para políticos liberales: ¿De qué va la política en el siglo XXI?

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Da la impresión de que el afamado Francis Fukuyama, tratando de revelar en un sólo libro el siempre impredecible destino de la humanidad a través del ejercicio de imaginar un futuro mundial uniforme, democrático y liberal para bien posicionar su best seller The End of History and the Last Man, terminó hundiéndose en un tremendo error de presagios políticos e históricos. La razón de su desacierto se arraiga en la innegable soberbia de muchos de los politólogos, que no terminan de enterarse de que ellos no son políticos. Lo diré de una forma que, espero, no se lea como desdeñosa: el aporte del politólogo a la política, es el mismo que el crítico literario, hace a la literatura. Fukuyama, sin dudas, gravitó todas esas ideas suyas en torno a cierta observación analítica de la desaparición de los Estados tiránicos de partido único comunista, acaecidos entre 1989 y 1991(*) . Pero como todo crítico o analista, necesitaba una tesis: un marco filosófico que le proporcionara un medio de rigurosidad, de solidez aparente. Y su marco teórico fue en aquel momento, el pensamiento de Hegel.

A la sazón, su primer yerro fue representar al liberalismo como un sistema perfectamente aplicable a cualquier sociedad por medio de la inducción estatal e institucional, y no desde la libre acción humana. Y es aquí donde fracasan conceptualmente tanto Hegel como Fukuyama: en no aprehender que los cambios vienen siempre desde abajo, pero inducido por los políticos audaces y no por los expertos académicos, los tecnócratas o los estatistas atornillados en el sistema que se intenta cambiar. Tenemos pues, que el patrón que volatilizó a los Estados tiránicos comunistas, fue el mismo que hizo trizas el desarrollo de la «modernización a través de reformas neoliberales» de los países más rezagados.

Las mencionadas «reformas», pues, ocurrieron en un cúmulo de países del tercer mundo proto-dependientes (así sea sólo desde una inspiración platónica) ideológica, militar y económicamente del Kremlin soviético aunque hipócritamente, muchas de esas naciones en los foros internacionales se declararan «no alineados» en su momento. Pero la escasez, la inflación, el desempleo entre otros males sociales, seguían siendo la megatendencia más estimulante de la opinión pública en aquellas sociedades subdesarrolladas. Y en el caso de algunos Estados, los índices de inseguridad personal, llegaban a igualarse con los del terrorismo internacional. Recordemos que casi exactamente una década antes del inicio del nuevo milenio, periodo en que, de forma paradójica no el liberalismo como lo pretendemos muchos, sino, una extraña interpretación diagonal y posmoderna, hecha por mercantilistas y académicos embriagados por un falso-triunfo-sobre-la-historia que consistió en la promoción de un conjunto de políticas públicas que eran, objetivamente, un amasijo de estatismo tecnocrático socialdemócrata y ordoliberalismo, que dieron lugar un conjunto de «reformas políticamente correctas» denominadas «neoliberales» de las cuales, se derivó una frase-adjetivo: la «economía social de mercado» que sirvió para justificar varios experimentos de monetarismo febril, privilegios para unos pocos durante el periodo de hinchado de diversas burbujas y desesperanza para la mayoría, cuando éstas burbujas reventaban.
Ya sea antes de que las burbujas revienten, o en medio de la mismísima situación de crisis, es casi una ley sociológica que, desde abajo y tal vez con cierto desorden, empiece la sociedad a pedir cambios. La ciudadanía pues, espera que aparezca en dichos momentos, un líder que encarne sus anhelos de «reforma» o «revolución» según sea la calidad de la formación sociopolítica que tengan las mayorías. Es justo en ese momento cuando el político lúcido debe encarnar, inducir y encaminar los anhelos de la ciudadanía enfocándose él en la materialización de nuevos tipos de correlaciones societales mucho menos disfuncionales que las existentes en un momento histórico dado.

Lo cierto es que el talento del buen político se parece al del empresario, porque sabe descifrar muy bien el ambiente y sus circunstancias presentes para cambiar el futuro. El político, es un líder cuando de abrirse ventanas de oportunidad para sí mismo y para la sociedad, se hace referencia. Así por ejemplo, pasó tanto con Günter Schabowski como con Markus Wolf, que intuyeron en la manifestación de Alexanderplatz de 1989 que se presentaba el «momentum» para pedir cambios en el sistema político, de lo que resultó luego en la renuncia de Erich Honecker, la caída del Muro de Berlín y la posterior reunificación de Alemania en 1990. El cambio fue tectónico y no de élites: pero las masas fueron inducidas conductualmente por políticos idóneos que supieron vincularse con las personas con el discurso oportuno con las propuestas que eran las adecuadas, en el momento justo. En Checoslovaquia, ocurrió del mismo modo: Václav Havel y Václav Klaus indujeron a la sociedad a presionar de forma pacífica al régimen comunista a través de la parálisis del sistema, lo que provocó la dimisión de Gustáv Husák y la resultante celebración de elecciones libres. Por su parte, Borís Yeltsin contribuyó con el hundimiento del régimen totalitario soviético. ¿Cuál es el común denominador en cada una de estas memorias? Sin lugar a dudas, el abandono de las ideas hegelianas de gobierno en la elaboración del discurso y la voluntad de concentrar la atención en los verdaderos intereses de la sociedad, más allá de que si los mismos ciudadanos pudiesen disfrutar de la maestría de estar al tanto de dichos intereses comunes, como para caracterizarlos.

El discurso político transformacional o reformador de la sociedad en sus aspectos societales (gobierno, gobernabilidad, gobernanza y cultura) debe primeramente, apuntar al QUÉ, es decir, al resultado final: debe inducirse a la opinión pública a que se oriente hacia los indicadores que deben ser cambiados para que el ciudadano común se sienta dignificado. El CÓMO, es la parte que corresponde a la negociación política de las nuevas reglas de la gobernanza: es el plan que reforma la correlación entre las instituciones, los grupos de interés y las fórmulas societales y de intercambio abiertas. Pero sobre todas las cosas, el discurso debe ser compasivo, digno del momento histórico y debe sustentarse en la ética más clásica y en la veracidad omnipresente, no sólo en torno al diagnóstico de la crisis, sino sobre el alcance efectivo de las propuestas.

Desde 1997, Hugo Chávez promovió su QUÉ: la Asamblea Nacional Constituyente y la «refundación de la República», que sirvió para aplastar el proceso de reforma neoliberal que se ejecutaba desde 1994. Con ese discurso, logró vincularse con un importante número de personas a las que les pareció oportuno y con la propuesta que era la adecuada. En el CÓMO, parece evidente que se desvió y por mucho de su discurso original y la reforma consecuente para la correlación entre las instituciones, los grupos de interés y las fórmulas societales, desembocaron en una tiranía financiada por el cadivismo durante largo tiempo (burbuja monetarista que sirvió de anestesia para la clase media y profesional) y auspiciada por la simpatía de las élites económicas e intelectuales… y de la emergente boliburguesía. En resumen: el QUÉ discursivo promovido a finales de los 90’s por Chávez se alejaba de las ideas de Hegel, pero el CÓMO, las asumió con extraordinaria fuerza. El proceso que hasta hoy se desarrolla, es el de la lucha de sustitución de unas élites por otras y cada una cree por sí misma, tener la respuesta correcta la más de las veces, lo que deriva lamentablemente en que el sistema hoy en día y de forma reiterativa, margina a las mayorías que se empobrecen aceleradamente, muy a pesar de sus esfuerzos por evitarlo.

Así como Fukuyama ayer, un grupo de políticos hoy se equivocan al pretender jugar al perspicaz politólogo, al intentar hacer predicciones del porvenir, basados en chismes y falsas expectativas. Y el grupo que sí está en la acción política, está esperando con expectación la crítica atenta del analista: se esfuerza en tratar de tener la corrección verbal idónea para no parecer sedicioso: en esperar la aclamación de todos los bandos mientras mantienen al mismo tiempo, sus privilegios y la señal heroica, a pesar de no haber logrado nada, ni un sólo triunfo significativo en su carrera pública. El buen político encarnará, pues, los anhelos de cambio y podrá hilvanar un discurso que encamine a la sociedad hacia el fortalecimiento del estado de derecho y la movilidad social sin caer en el populismo, tema del que se disertará más adelante.

(*) Derribo del muro de Berlín y la reunificación alemana, Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia y la disolución de la Unión Soviética.

Raúl E. Marval Palacios
Nacido en Caracas, el 19 de julio de 1979; poeta, ensayista, articulista, político liberal y analista de la industria de los hidrocarburos.

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