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Prejuicios liberales II: Insolidario

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¿Es el liberalismo socialmente insensible?

Cuando sobre un tema existe cierto consenso tácito, suele ocurrir que una postura contraria a la mayoritaria resulte tan llamativa que parezca casi ofensiva y que marque, de ahí en adelante, la imagen que se tiene de quien la postula así como la actitud que tendremos hacia él.

Un buen ejemplo se tiene cuando, frente a personas proactivas y con sensibilidad social, que entienden la política como una herramienta para construir un mundo mejor, llega un estridente liberal a proclamar que es contrario a los subsidios, ayudas sociales, seguros de desempleo o a la educación y salud pública.

Lo que suele ocurrírsenos frente a una postura tan abruptamente contraria a nuestra intuición, es que el liberalismo sería una ideología fría, insensible, insolidaria, inhumana. Lógicamente esta caricatura es luego magnificada y explotada al máximo por los adversarios del liberalismo, hasta el punto de oírse cosas tan ridículas como que un liberal dejaría morir a alguien que no pudiese costear su ingreso en una clínica.

Sin embargo no es una tenebrosa insensibilidad social la que mueve al liberalismo a sostener tales posturas. Todo lo contrario. Los liberales no están en absoluto en desacuerdo con los objetivos que buscan las políticas sociales. Sino que dudan de su eficacia, cuestionan los medios utilizados y tienen bien presentes los invisibles costos sociales que las mismas acarrean.

No sólo el liberal está consciente de la incoherente idea de “solidaridad obligada”, que desvirtúa cualquier contenido moral del genuino altruismo. Sino que su aversión por las típicas políticas sociales se debe mayormente a que estas benefician muy poco a quienes pretenden ayudar pero, en cambio, son muy convenientes para el oportunista intermediario político que las propone. Quien por gestionar esta pseudo-solidaridad social pública, se lleva muchos votos, un salario que pagamos todos y aquella parte que se pierde en el camino en forma de corrupción.

Sabe el liberal además que estas políticas sociales no son “gratis”, como se intenta hacer ver a sus beneficiarios y al sensible electorado. Se financian extrayendo de la sociedad recursos que, de otra manera, esta utilizaría de forma distinta en el mercado. Premiando a quienes mejor satisfagan las más urgentes necesidades, bajando precios y expandiendo los proyectos empresariales más exitosos, generando mejor y mayor empleo sostenible. Ya lo decía Reagan: el mejor programa social, es un empleo.

Lo que la sociedad deja de hacer con estos recursos (consumir, ahorrar, invertir, donar, generar empleo) no existirá por financiarse estas políticas. Reemplazar millones de decisiones de la sociedad sobre adónde dirigir sus recursos, con el arbitrario decreto de un “bondadoso-con-dinero-ajeno” intermediario político, resulta en una asignación socialmente ineficiente de los recursos –incluso sin tomar en cuenta lo que se pierde en el camino. Y esta justamente es causa directa de buena parte del mediocre desempeño de las economías, que no consiguen beneficiar a una parte de la población. Una desgracia que justamente viene a ser la excusa de los políticos para proponer más políticas sociales y perpetuar este vicioso ciclo.

Los resultados del estado de bienestar están a la vista. Las ayudas sociales lejos de resolver problemas y disminuir cada año junto a sus beneficiarios, más bien aumentan. Nunca y en ningún sitio disminuyen porque haya ahora menos pobres. Sólo lo hacen cuando los gobiernos, al borde de la quiebra, recortan a regañadientes sus presupuestos.

Por otra parte, hay numerosos estudios que confirman en varios países, por ejemplo, que el gasto por alumno en la educación pública, es superior a la media de la educación privada, considerada de mejor calidad y con libre elección para el consumidor. Algo análogo ocurre con la salud pública.

Si hoy por hoy, con todas las trabas –falta de recursos por financiar forzosamente la alternativa pública, su competencia desleal, la hiperregulación y la falta de competencia- las alternativas privadas pueden ser capaces de ofrecer soluciones de mejor calidad y a un menor costo para cada vez más gente ¿qué sucedería si se liberalizaran estos sectores?

Pero es que hasta en el altruismo esto se evidencia. A pesar de la inmensa presión fiscal y de las malas economías que nos deja la intervención gubernamental, el sector privado dedica considerables cantidades de recursos a una gran diversidad de proyectos sociales sin fines de lucro. Si se disminuyen las trabas y expoliaciones y cuenta la sociedad ahora con mayores recursos disponibles que antes, sólo es lógico esperar que la solidaridad privada y voluntaria (valga la redundancia) tendría todavía un mayor impacto y alcance que los que, agotada y asfixiada, posee hoy.

En cierta forma la alternativa liberal en lo social es una próspera, autónoma y descentralizada “sociedad de bienestar”. En contraposición al centralizado estado de bienestar, paternalista, ineficiente, quebrado y fatigosamente llevado a cuestas por un heroico sector privado.

El liberal sabe posible una sociedad próspera, en la que la vasta mayoría, con trabajo, ahorro y responsabilidad (virtudes a fomentar y no a extinguir), pueda costearse su propia salud, educación, pensión de vejez, etc. Una sociedad madura y empoderada, con un tejido social tal que cuente además con herramientas y recursos para seguir atendiendo mejor y por sí misma a aquellos que no puedan valerse por sí solos.

No llegaremos ahí de la noche a la mañana y mientras tanto el Estado podrá jugar un rol subsidiario, pero sin perder jamás de vista cuál debe ser el objetivo: una sociedad de bienestar.

Luis Luque Santoro
Liberal clásico. Caraqueño exiliado en España. Ingeniero Electrónico USB. Magíster en Economía Política URJC.

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