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Liberticidas a la derecha

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¿Cómo debe posicionarse el liberalismo?

Los liberales nos hemos malacostumbrado. Llevamos décadas centrando nuestros esfuerzos, preocupaciones y mensajes casi exclusivamente contra la izquierda. Esta actitud que hoy creo caduca, no sólo fue lógica en su momento, sino también oportuna. Por una parte la guerra fría y el anticomunismo marcaron la mitad del siglo XX. Por la otra, acabada la guerra fría, el consenso socialdemócrata gobierna hasta hoy prácticamente a todo el planeta.

Como hijos de nuestro tiempo fuimos fieles a lo que nos tocó y naturalmente los liberales nos posicionamos como esencialmente adversarios de la izquierda y contrarios a todo rasgo siniestro que creamos ver en partidos de derecha.

Quedaron muy atrás en el pasado las derechas fascistas de Mussolini y Hitler, que en la cultura popular pasaron a la historia –sin importar que no resista un detenido análisis- como perfectos ejemplos de lo que se conoce hasta hoy como la extrema derecha política. Quedaron tan atrás estos tiempos, que a muchos liberales hoy no les incomoda decir que son de derecha y además radicales. Y parece más frecuente y necesario tener que aclarar más bien que nada tendríamos que ver con aquella otra derecha socialdemócrata contemporánea, que tener que desmarcarnos de aquellos monstruosos antiliberales de la ultraderecha fascista de la primera mitad del siglo pasado.

Así, poco importa a muchos liberales identificarse como de “derecha liberal”. Lo de “derecha” para contagiarse de ese significado de contrarios a la izquierda y lo de “liberal” para reflejar algo de su identidad y desmarcarse de la derecha conservadora, de la del consenso socialdemócrata y, en menor medida por no hacer ya mucha falta, de la extrema derecha hasta hace poco insignificante.

Pero el mundo está cambiando rápidamente y nos toca ahora mirar hacia adelante y revisarnos. Ser visionarios y comprender que en el futuro inmediato las mayores amenazas para la libertad provendrán desde lo que la opinión pública –de forma casi unánime- identifica como la derecha. Y este hecho, debe hacernos muy conscientes de la identidad que queremos construir los liberales, la imagen que queremos proyectar y las alianzas políticas que nos convienen hacer.

El mundo reacciona hoy por las crisis económicas por las políticas keynesianas, intervencionistas e inflacionistas y por el fracaso (por insostenibles) de promesas y sistemas paternalistas de reparto (todo auspiciado sin distingo de izquierda a derecha). Pero, desgraciadamente, esta reacción es cualquier otra cosa menos una vuelta a los valores liberales. No es una reacción liberal, es una reacción de derechas, simplemente porque sus líderes odian a la izquierda. Poco o nada tiene que ver esto con odiar las prácticas socialistas o abrazar los principios liberales.

Esta reacción es de derecha porque además está coloreada por la amenaza del terrorismo islámico y el rechazo a los inmigrantes –chivos expiatorios: terroristas, violadores o ladrones de empleos. También lo es porque reacciona contra la diversidad étnica y cultural, lo políticamente correcto, lo homosexual, lo anticristiano, lo musulmán, etc.

Hoy vivimos el resurgimiento de los populismos de derechas. Poco importa lo que signifique el término para la teoría política o lo que quisiéramos que signifique, lo que importa es la definición de “derecha” en el electorado. La que tiene hoy y el que tendrá mañana cuando se evidencien los fracasos y excesos de estos nuevos liberticidas a la derecha.

Son populismos de derecha por demagogos, nacionalistas, proteccionistas, anti-inmigrantes, mercantilistas y conservadores. Por tener mano dura, cerrar fronteras y poner muros a la gente y aranceles a las mercancías. Es el mundo de la alt-right de Trump, de la Rusia Unida de Putin, del Frente Nacional de Le pen y de lo que resulte de la Europa post-Brexit, acechada por euroescépticos de la extrema derecha que (aliados con la extrema izquierda) ansían recuperar la impresora de dinero y proteger sus industrias nacionales de la competencia de sus vecinos.

Temo que como con el Brexit, los liberales no estemos interpretando bien las señales. Lo que queríamos creer que sería un rechazo al leviatán europeo y una vuelta al simple mercado común, parece estar convirtiéndose más bien en el germen de una involución de lo poco que el consenso socialdemócrata europeo había aprendido acerca de los beneficios de los mercados libres y de una moneda medianamente sólida.

Temo que igualmente muchos liberales, desorientados aún por la resaca después de celebrar los últimos retrocesos de la izquierda, se despertarán sorprendidos con los pantalones abajo en un mundo de derechas, tan antiliberal y anticapitalista como el anterior, pero ahora conservador, racista, xenófobo, homófobo y receloso del comercio como estábamos hace unos siglos. Un nuevo mundo en el que, para mayor ironía, podría ser la izquierda y no los liberales, la que asuma la vanguardia de la defensa de nuestros valores más importantes (como en algún otro momento hizo la derecha).

Frente a este pronóstico, lo peor que podemos hacer los liberales hoy es caer en la seducción de la reacción “anti-izquierda”, disfrutar de la fiesta y pasar indistinguibles o indiferentes ante el resurgimiento de esa derecha que, más temprano que tarde, terminará no sólo siendo nuestra nueva enemiga, sino la de todos los demás.

Hoy más que nunca debe el liberalismo desmarcarse y asumir una identidad propia que trascienda la dicotomía izquierda-derecha. Una clasificación hecha por estatistas y que se limita sólo a distinguir muy bien sobre cuáles temas es que preferimos que el Estado intervenga.

 

Luis Luque Santoro
Liberal clásico. Caraqueño exiliado en España. Ingeniero Electrónico USB. Magíster en Economía Política URJC.

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