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Prejuicios liberales III: Individualista

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“¡Los seres humanos no somos islas!”

Este posiblemente sea uno de los prejuicios contra el liberalismo más populares. Concretamente se refiere a una supuesta postura del liberalismo contraria a cualquier manifestación colectiva, pero en cambio supuestamente favorable a una especie de atomización social, en la que el ideal de sociedad sería algo tan absurdo como un conjunto de ermitaños aislados de todos los demás.

Entre las trampas argumentativas más manoseadas se encuentra la denominada “falacia del hombre de paja”. Esta consiste en reemplazar la idea que se quiere refutar, con una malintencionada caricatura reduccionista de esta que sería mucho más fácil de rebatir que la idea original. Efectivamente el individualismo es uno de los pilares fundamentales del ideario liberal, pero no se corresponde en absoluto con el “hombre de paja” típico con el que usualmente se pretende falsificarlo para intentar ridiculizarlo.

Podemos distinguir tres acepciones del individualismo que ayudarían a redondear la idea de lo que este principio significa realmente para los liberales. En primer lugar se puede distinguir un individualismo metodológico de carácter más filosófico y, derivado de este, los dos restantes: un individualismo político y un individualismo ético.

El individualismo metodológico se hace evidente para cualquier investigador de los fenómenos sociales que siga una metodología correcta. No es otra cosa que constatar que el elemento natural, concreto y real al que se puede retrotraer todo fenómeno social, es el individuo.

Es el individuo el único que razona y actúa y por tanto es el elemento atómico de cualquier fenómeno social, ya que todo complejo proceso social está movido y es explicable solamente por las actitudes y actuaciones de numerosos individuos.

Conceptualmente esto no significa que los constructos sociales, las entidades o conceptos colectivos, no importen al científico social, todo lo contrario, son ellos y sus procesos su objeto de estudio. Solamente significa reconocer que aquellas son construcciones intelectuales (populares o formales) y que no pueden ser el punto de partida del análisis, sino que más bien son el resultado de las actitudes y actuaciones de muchos individuos y que precisamente vale la pena distinguirlos por la significación que tienen para los individuos. Así, la labor teórica consistiría en partir de lo que conocemos sobre el individuo real de carne y hueso, para reconstruir los complejos procesos sociales de los que emergen –o resultan importantes distinguir para el análisis- las construcciones de carácter colectivo.

Puede deducirse de esta visión filosófica y metodológica la principal consecuencia política. El individualismo político consistiría en la primacía y la salvaguarda del individuo –fuente y protagonista del hecho social- frente al poder político o a cualquier otro agresor de naturaleza individual o colectiva. Es el individuo el único dotado de verdaderos derechos y son estos los más elementales, universales e idénticos para todos.

Ante la Ley, ningún individuo puede estar por encima de otro y, por tanto, tampoco lo estará colectivo alguno, formal o informal, vago o bien definido, llámese nación, Estado, pueblo, clase social, raza, etc. Si el respeto a las minorías es un principio altamente reconocido y compartido, es fundamental percatarse de que la minoría más importante y fundamental, es a la vez la más pequeña e indefensa: el individuo.

Una nación, un género o una clase social no piensan, tampoco crean o actúan. No tienen voluntad, sentimientos o intereses. Tampoco tienen derechos, mucho menos estarían estos por encima de los genuinos derechos de cualquier individuo. La violación del derecho de propiedad de un panadero expropiado, no puede justificarse por un supuesto “bien común” así interpretado por Maduro. Tampoco un supuesto “interés nacional” según Trump, podría justificar la violación de los derechos de los estadounidenses de disponer de su dinero comprando en el exterior productos mejores o más baratos, o de instalar sus fábricas fuera del territorio estadounidense.

Justamente, es el respeto al individuo lo que permite la máxima extensión, complejidad y profundidad de la cooperación social y es esto lo que trae bienestar generalizado. Se podría decir que esto, desde un punto de vista estrictamente utilitario, es una de las principales motivaciones del posicionamiento de los liberales. Especialmente en contra de ideas que, a pesar de basarse en lo colectivo, promueven medidas que en la práctica resultan ser profundamente antisociales a la par que empobrecedoras.

Finalmente podemos hablar del individualismo ético. El liberalismo no promueve una ética en particular, existen en cambio muchos sistemas éticos perfectamente válidos y compatibles con lo que podría ser el ideal jurídico liberal y que tienen como objeto orientar a las personas en cuanto a su conducta personal, siempre y cuando no violen los derechos de un tercero.

En este sentido mis normas éticas, derivada de mi cultura, personalidad o creencias religiosas, pueden ser más o menos individualistas o colectivistas, más o menos egoístas o altruistas, más o menos aislacionistas o comunitarias. Así, tanto un ermitaño que tenga fobia a cualquier interacción social, como una persona completamente entregada a los demás y a la vida comunitaria, tiene para el liberalismo pleno derecho a vivir según como su propia conciencia le reclame.

Naturalmente, una persona que guíe su propia vida según principios de autonomía personal, responsabilidad individual y tolerancia a la diversidad, estará probablemente mucho más cercana a la ideología liberal que a una ideología que promueva la intolerancia, el falso derecho de uno a vivir a costa del otro o que criminalice la libre iniciativa personal a nombre de un supuesto interés de algún difuso colectivo.

Luis Luque Santoro
Liberal clásico. Caraqueño exiliado en España. Ingeniero Electrónico USB. Magíster en Economía Política URJC.

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