El humo

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Trabajo en el cementerio aunque a mi madre no le guste. Todas las madres son así: mi hijo es doctor, y el mío es arquitecto dice la otra, ¿y el tuyo?, y mama dice toda incomoda: sepulturero.

Es un trabajo honesto y necesario, hasta imprescindible. Realmente no soy sepulturero, pero es más fácil de decir que sirvo café y cigarrillos en los servicios, cuando uno dice sepulturero, no preguntan más, la gente es así.

Trato de mantenerme serio, y trato a la gente con respeto, dosificando la calidez, si soy muy cariñoso, la gente pensará que uno está contento y me burlo de ellos. Si soy muy serio, la gente pensará que uno es cruel e inhumano.

Trato de no decir hasta luego, sino adiós, porque alguien puede tomar un hasta luego como: deseo que se le muera otro familiar para que vuelva acá.

En realidad cada día se muere la misma cantidad de gente, los fines de semana vienen más visitantes porque también vienen los que van a visitar a sus difuntos.

No es deprimente, más bien es aburrido, no puedes poner música, ni hablar en voz alta, ni muchas cosas más. Con el tiempo te acostumbras, para mi es rutina.

Los peores días es cuando llueve, solo vienen las personas estrictamente necesarias y cuando hay niebla es aún peor, aunque la niebla no hace nada, hace que a las personas les vuele la imaginación y no vienen.

No es que no crea en nada, pero por mi lugar de trabajo trato de no pensar en lo sobrenatural, de ver las lápidas que se ven por la ventana como losas y la hierba como eso, hierba.

Así que también ignoro cuando el viento azota las puertas y ventanas, cuando la niebla hace figuras, o cuando se ven reflejos en las ventanas y espejos, son juegos de mi mente y sigo con mi trabajo, preparando café.

Aquel día, había una persistente llovizna y niebla, apenas se veía a unos pasos, al menos me quitaba la visión de la colina y sus lapidas.

Va a ser un día muy aburrido, me comento el maquillador. No le comente lo obvio, más bien lamente cuando salió a fumar y me dejo más solo y aburrido.

Entre la niebla se veía una figura, seguro era el maquillador, aunque como venía de la colina, podía ser el enterrador que terminó su trabajo y vino a guarecerse de la lluvia, o el vigilante en busca de café y una charla intrascendente.

Pero al estar de cerca vi que era un hombre entrecano con traje y corbata, y cabello engominado como ya no se usa.

Qué bueno un cliente, pensé.

No me di cuenta cuando paso, quizá abrió la puerta muy sigilosamente mientras limpiaba los vasos.

Lo mire de frente y se veía traslúcido, como si fuera su reflejo en un cristal o una figura de humo, podía ver la mesa con flores a través de él.

Buenas tardes, ¿me permite un cigarro?, dijo.

Y mientras yo estaba pasmado viendo mi primer fantasma añadió:

Tranquilo hijo, el cigarro no me va a matar.

Andrés González
Ingeniero de Petróleo, Geólogo y escritor ocasional de Cabimas, Venezuela, actualmente en Santiago de Chile.

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