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Lo deseable, lo político y lo imposible

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Used under Creative Commons license, title: "Penrose Triangle", author: gfpeck, source: https://www.flickr.com/photos/wespeck/4667535253, cropped from the original

Al pensar o discutir sobre lo social, solemos caer en el error de no separar conscientemente y dar su correspondiente valor a tres componentes muy distintos: (1) Cómo desearíamos que fuese el mundo, según nuestras particulares apetencias y valores personales; (2) Cuáles son las iniciativas que pueden ser políticamente viables, es decir que pueden gozar de cierto acuerdo político y electoral; y (3) los resultados que en última instancia pueden ser efectivamente alcanzables y cuál es el costo social de forzar su consecución desde la política.

Desde un debate político hasta incluso la autodefinición ideológica, solemos considerar solamente (1) lo deseable y (2) lo políticamente viable. Olvidando sistemáticamente (3) cuál es el ámbito de lo verdaderamente posible en lo social. Es aquí donde la economía, la ciencia social por excelencia, puede ilustrarnos mucho y además con certeza, más allá de opiniones o coyunturas políticas e históricas. Especialmente podría ahorrarnos inmensas cuotas de dolor y frustración social y con esto evitar también el surgimiento de corrientes reaccionarias como las que hoy, desde la extrema izquierda y derecha, parecen llamadas a imponer la agenda política.

Todos podemos soñar, yo puedo querer un mundo con drogas, con inmigrantes pero sin burkas, sin pobres, donde no exista el dinero ni haga falta trabajar. Las variaciones son infinitas, tantas como necedades tenemos los diversos, creativos y siempre inconformes seres humanos. Movido por esto puedo intentar construir consensos políticos (2) para implementar aquellas medidas que –SUPUESTAMENTE- nos llevarían graciosamente desde la situación actual a aquella que deseo (1).

Pero como siempre, hay un aguafiestas que solemos llamar realidad y va ésta mucho más allá de la dificultad de acuerdos en política. Incluso con consenso (2) para implementar medidas supuestamente tendientes a obtener lo que queremos (1), las leyes sociales y más particularmente las que estudia la economía, nos explican claramente cuáles cosas son incompatibles, qué es posible y qué imposible y cuál es el costo de intentar buscar estos objetivos desde la política (3).

Como la implacable ley de la gravedad, que aclara en seguida al necio que no puede volar al saltar por la ventana por mucho que lo desee y le imprima voluntad, las leyes sociales tienen también su manera de ilustrar a las sociedades sobre lo que a la larga es imposible. Por desgracia, los fenómenos sociales no son tan pedagógicos, ni sus lecciones tan claras, instantáneas y personales, como el oportuno golpe contra el suelo con el que aquél suertudo idiota que quería volar, terminó entendiendo que no podía hacerlo. Sus enseñanzas son lentas, camufladas, indirectas y además generalizadas, pues inexorablemente nos condenan a todos a la larga a sufrir las consecuencias no intencionadas (mucho menos deseadas) de aquél buen deseo original sobre el que se creyó bastaban sólo acuerdo y voluntad política.

Así es el orden social, su inaprensible complejidad no nos permite hacer con él lo que queramos, independientemente de lo buenos y sabios que seamos. Nos es inevitable acarrear con las impredecibles consecuencias negativas de intentarlo, al mejor estilo del efecto mariposa. Secuelas que suelen incluir que nunca llegue a concretarse o no dure sino un ilusorio instante, aquél objetivo que se propuso el soñador que anhelaba que, con voluntad y consenso político admirables, era posible construir una sociedad a la carta.

Con esto en mente podemos reflexionar sobre el “centrismo”, que equivocadamente pasa hoy como virtud o incluso como fin último de la política en democracia. Con esta concepción, a derecha y a izquierda, a los liberales suelen llamarnos “radicales” o incluso “ilusos”. Algo tan paradójico como ilustrativo de la profunda ignorancia sobre los procesos sociales y disociación de la realidad de políticos y votantes por igual en nuestros días. Porque justamente tendemos los liberales a centrarnos en aquél olvidado pero implacable punto (3). Es decir, la posición liberal viene prácticamente determinada por aquello realmente posible en el ámbito social y por denunciar los inmensos costos sociales de tratar de implementar por la fuerza, desde la política, lo que unos sueñan (1) y logran acordar (2) intentar imponer a todos ¿Es esto ser radical o iluso? ¿Oponer lo poco que podemos saber sobre cómo funciona la realidad social a los sueños y capacidad de acuerdo y acción de la élite política? Así planteado, parece que el liberalismo es más bien un derroche ejemplar de sentido común en un mundo que lo necesita urgentemente.

Los puntos medios, los modelos mixtos, las terceras vías, son sólo posibilidades políticas, sobre lo que podría promoverse desde el poder entre los particulares aciertos, necedades y excesos de izquierda y derecha, poco más ¿Pero qué papel debe jugar en este paradigma lo que la realidad nos impone sin compasión, lo que sabemos que separa lo posible de lo imposible y que además nos advierte sobre los tremendos costos de desoír las advertencias e intentar neciamente imponer nuestras particulares ensoñaciones? Así puesto ¿Podríamos seguir afirmando que son la tibieza, la moderación o lo centrista las “virtudes” que deben primar por encima de la realidad y de las inescapables consecuencias de ignorarla sobre las que nunca advierten los políticos a sus votantes? Creo que no, que debería ser justo al revés y que el liberalismo, lejos de representar algún extremo en una falsa y plana dicotomía de izquierda-derecha, es más bien un faro de sensatez al proponer el único camino a la mejor sociedad posible, libre y autónoma, frente a las fantasías políticas de uno u otro signo.

Luis Luque Santoro
Liberal clásico. Caraqueño exiliado en España. Ingeniero Electrónico USB. Magíster en Economía Política URJC.

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