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¡A tomar el TSJ!

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Estos últimos días se ha presentado una oportunidad única para avanzar en la reconquista de Venezuela como no sucedía desde hace mucho tiempo. Parecen alinearse todos los astros.

Unas sentencias del Tribunal Supremo de Justicia (mayúsculas por respeto al castellano) explícitamente contrarias a cualquier tipo de forma y fondo de una democracia liberal occidental.

Organismos internacionales reaccionando como nunca, o sea, como constantemente intentaban hacernos creer que era su función y razón de ser. Materializándose en un acuerdo de la OEA cuyo valor puede medirse por cómo logró salir adelante:

Bolivia, aliada del chavismo, acababa de asumir la presidencia del Consejo Permanente, justo después de que ya se hubiera convocado, de acuerdo a todos los procedimientos, la reunión de este órgano para tratar el evidente autogolpe en Venezuela.

Ante la inminencia de la reunión, el boliviano intenta postergarla, a lo que sorpresivamente reaccionan los países convocantes mandándolo al Titicaca y haciendo la reunión tal y como ordenaban las normas.

El embajador venezolano se retira. No sin antes hacer gala de las “virtudes” propias de quien está en ese cargo sólo por altas dosis de servilismo y caradurismo. Denuncia un “golpe” ahí donde sólo un revolucionario bolivariano puede imaginarse uno: en aquellos acontecimientos legítimos que no controla y que son contrarios a sus intereses.

Así, la resolución de la OEA contraria a la dictadura venezolana fue aprobada por la OEA sin votos en contra. Sólo con la abstención de cuatro países aún amarrados por los petrodólares del efectivo instrumento imperial venezolano llamado Petrocaribe.

El otro astro que se alineó nos sorprendió a todos y sucedió poco antes de la reseñada reunión. La Fiscal General de la República hace unas declaraciones, con sus fiscales al lado aplaudiendo, denunciando la inconstitucionalidad de la pretensión del TSJ de cogerse las competencias de la Asamblea Nacional.

Quienes conocemos al personaje nos quedamos boquiabiertos, pues su impecable trayectoria consistía en ser un fiel instrumento de la dictadura. Tal fue el cortocircuito que muchos llegaron al punto de interpretar este hecho como un magistral teatro, como en efecto ha habido tantos.

Pero teorías de conspiración aparte, la política se mueve por hechos y los gestos son hechos. Y una declaración como la de la Fiscal denunciando en pocas palabras un autogolpe ejecutado por el TSJ, es un hecho tan importante como irreversible. Da igual la motivación o si fue parte de un calculado plan desde Miraflores que parece que salió mal, la declaración se dio. Y, a diferencia de otras oportunidades, no serviría para lavar la cara de la dictadura aparentando una inexistente separación de poderes.

A Luisa Ortega Díaz no hay que creerle, ni tiene que caernos bien, ni ser nuestro faro moral o ideológico: solamente hay que usarla. Y usarla antes y mejor que nuestros adversarios.

Ni siquiera la desnucada del TSJ echándose para atrás “revisando” las sentencias, serviría a un presunto show. Pues de hecho, uno de los argumentos más repetidos en la OEA fue que dicho retroceso sólo confirmaba lo inconstitucional de la maniobra. No como cuando el caudillo se excedía y el TSJ le daba unas palmaditas al ritmo de “eso no se hace, aquí hay democracia” mientras sonreían todos ante las cámaras de los medios internacionales.

No. Ahora fue el garante de la Constitución, su intérprete último e inapelable, un órgano no electo sino designado por la AN, el que sentenció un autogolpe en par de sentencias inconstitucionales. Y así mismo lo interpretaron la OEA, todo el mundo y para colmo hasta la Fiscal General miembro del Poder (risa contenida) Moral, constitución en mano y frente a las cámaras.

Tenemos entonces una Asamblea recientemente electa por el pueblo y que entre sus funciones está designar a los magistrados del TSJ. Tenemos a toda la comunidad internacional afirmando que el TSJ rompió el hilo constitucional y hasta tenemos a la Fiscal General socialista confirmándolo. Es que incluso a pesar de la oposición que tenemos (de la que se salvan pocos más que un progresista preso y una liberal a punto de estarlo) las cuentas dan: hay que destituir a los magistrados del TSJ y renovar este poder, ni más ni menos.

Con un TSJ no alineado con el chavismo, tendríamos al gran garante del imperio de la Ley que junto a la Asamblea Nacional y a la comunidad internacional, sumarían un inédito capital político para cualquier estrategia futura para salir de la dictadura.

Sólo después de esto podríamos volver a creernos la cantaleta de la MUD de seguir pidiendo elecciones, nuestros votos y firmas para continuar “conquistando espacios”, que hasta ahora han servido poco más que para justificar sus privilegios y status político.

Pedir elecciones en este momento es irresponsable y una desviación de lo más valioso que tenemos al alcance de la mano. No habría para las elecciones la más mínima garantía. Las elecciones generales serían tan inconstitucionales como la eterna postergación de las regionales, es decir, al final dependen, en todas sus etapas, del criterio político del TSJ socialista, golpista e ilegítimo.

Pedir “elecciones ya” genera ruido e intuyo que responde a intereses ocultos y como de costumbre desalineados con los de la gente. Hacerlo serviría más para posicionar a algunos en futuras negociaciones con el gobierno que para salir de la dictadura.

Lo único prioritario ahora, desde la calle en manifestación permanente y desde la Asamblea Nacional como legítimo brazo institucional, es: ¡Tomar el Tribunal Supremo de Justicia!

Luis Luque Santoro
Liberal clásico. Caraqueño exiliado en España. Ingeniero Electrónico USB. Magíster en Economía Política URJC.

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