Marcha del silencio por los caídos

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La marcha de hoy #22Abril fue muy importante. Más allá del gesto político. Más allá de “bajarle dos” dos sin perder la calle para recobrar aliento y seguir el lunes #24Abril paralizando el país. Más allá de reivindicar que el objetivo último es la paz y que si de nosotros dependiese el camino hasta ella sería también pacífico. Más allá de las muestras de algunos policías y guardias que entendieron la fuerza del símbolo y bajaron esta vez sus armas. Todo esto ya tiene de por sí su muy importante valor y fue muy acertado.

Pero quiero recobrar hoy el objetivo explícito de la convocatoria en toda Venezuela: Una marcha del silencio por los caídos.

Hoy nos enlutamos de blanco. Se conmemoró a gente de bien, a gente inocente, a despistados transeúntes o a valientes manifestantes, que fueron asesinados cobardemente por fanáticos socialistas con o sin uniforme, a manera de ejemplo, para aterrarnos a todos los demás. Terrorismo de estado de libro de texto. No es casual que el modus operandi preferido sea propinar certeros disparos en las cabezas de jóvenes, muy jóvenes. Es un mensaje tan claro como macabro el que los verdugos nos quieren transmitir.

Pero no quiero desviarme.

El objetivo hoy es recordar, honrar, lamentar y llorar que se pierdan vidas. Es esto lo que nos da humanidad en los momentos difíciles. Especialmente en momentos en los que se inicia el final, el largo y doloroso final que seguirá, por desgracia, porque no depende sólo de nuestra voluntad, acumulando amargos costes.

Quienes han muerto, quienes han sido heridos, quienes han sido secuestrados y torturados, quienes todavía se encuentran en calabozos sometidos a tratamientos indignos e inhumanos, son personas, jamás números. Desgraciadamente la cantidad y la distancia nos hacen resumir estas tragedias en frías cifras. Recordemos hoy que son personas; con vidas; con anhelos banales o, de tanto en tanto, elevadísimos; con pasatiempos; con hermanitos; con hijos; con viejos fastidiosos; con panas; con música preferida; que seguían las mismas series en la tele que tú y que yo; con amores y desamores; con la ropita que tantas veces y en tan diferentes circunstancias vistieron y que nunca hubieran sospechado que sería la que terminaría arropándolos en una fría acera el último día de sus vidas.

Nunca dejemos de humanizar estas víctimas. Que nunca nos deje de doler que cualquier vida se trunque antes de tiempo y por la voluntad de alguien más.

Hoy también nos enlutamos por quienes del lado de los verdugos han perdido sus vidas por las decisiones que han tomado. No es esta afirmación un arrebato de “corrección política”, es un inescapable imperativo moral, es en esencia lo que nos separa de los verdugos. Ninguna vida deja de ser invaluable, ni siquiera la del psicópata de quien es legítimo defenderse incluso si el resultado es su muerte. No vale menos la vida de quien, hoy por hoy, todavía decide ser parte de la organización criminal armada más grande del país, la que se hace llamar gobierno, la que nos desarmó y controló y que se suponía legítima porque iba a defender nuestros derechos y no a confiscarlos de forma cruel y sistemática. Incluso si al defendernos de ellos, el resultado lamentable es la muerte.

La vida del verdugo sólo vale menos para él, jamás para nosotros. Porque en algún nivel de consciencia el verdugo sabe que decide arriesgar su vida por la causa del mal. Pero a nosotros, a la gente de bien, nos toca lamentar también esa muerte y evitarla si es posible. La violencia y la guerra no son un fin, son a veces las únicas y últimas opciones de quienes son arrinconados en una situación intolerablemente injusta, indigna y macabra. Que sea la única opción frente a entregarnos a la indignidad de la miseria, la muerte y la esclavitud, no es incompatible con que debamos lamentarla también.

Hoy valoramos la vida y lloramos las muertes, todas las muertes. Las que han ocurrido y las que vendrán. Las de activistas y las de indiferentes transeúntes. Las de los verdugos y las de los inocentes. Hacer lo correcto en tiempos difíciles debe ser inseparable de sufrir e internalizar los duros acontecimientos y decisiones que todo esto conlleva. Sólo así un hombre de bien puede evitar corromperse en los momentos oscuros. Sólo así seguiremos siendo distintos de ellos. Sólo así podremos mantenernos en el recto camino y conservar algo de inocencia, mientras conseguimos ganar esta batalla sólo para que nuestros hijos y sus hijos no tengan que pasar por estos dilemas y sufrimientos.

Hoy honremos a los caídos, a los secuestrados por el socialismo, a los que mueren de hambre y enfermedad. El lunes, de vuelta a la calle.

El que se cansa pierde.

#22Abril #MarchaPorLosCaídos

Luis Luque Santoro
Liberal clásico. Caraqueño exiliado en España. Ingeniero Electrónico USB. Magíster en Economía Política URJC.

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